Cuarenta años después de la catástrofe nuclear de Chernóbil, Bulgaria sigue profundamente marcada por el suceso. Al ser el único país del bloque socialista que no tomó ninguna medida de protección, lo pagó muy caro. La lluvia radiactiva sacó a la luz el cinismo del régimen comunista y marcó profundamente el despertar ecológico y democrático del país.
A la 01:23 del 26 de abril de 1986, el reactor n.º 4 de la central nuclear de Chernóbil, entonces en la URSS, sufrió una avería catastrófica antes de explotar y hacer volar por los aires parte de las instalaciones, dejando el emplazamiento destrozado. El núcleo del reactor quedó al descubierto y liberó grandes cantidades de sustancias radiactivas a la atmósfera. En los meses siguientes, más de 200 000 personas fueron evacuadas de las zonas circundantes.
Impulsada por los vientos, la nube radiactiva contaminó vastas regiones de Europa, con lluvias radiactivas especialmente importantes en Ucrania, Bielorrusia y Rusia. Las emisiones, formadas por nubes de cesio-137 y otros isótopos, continuaron hasta el 5 de mayo. Si bien es cierto que su concentración iba disminuyendo con la distancia, afectaron a territorios muy extensos. La nube llegó a los Balcanes el 1 de mayo.
En aquella época, Dimitar Vatsov era un estudiante de secundaria de 15 años en Sofía. “Justo después de las lluvias radiactivas, el Komsomol [las juventudes del Partido Comunista Soviético] envió a mi clase a trabajar al campo”, recuerda. “Cada mañana, un autobús venía a recogernos para recolectar espinacas y cebollino”.
Las autoridades búlgaras no informaron públicamente sobre la catástrofe hasta el 7 de mayo. Las declaraciones oficiales posteriores afirmaban que la contaminación ambiental era mínima y no requería ninguna medida especial. Cuatro compañeros de clase de Vatsov murieron de cáncer en los años siguientes.
Esta experiencia lo marcó profundamente. El ahora filósofo y profesor de la Nueva Universidad Búlgara de Sofía puso en marcha el pasado otoño un seminario dedicado exclusivamente a las consecuencias de la catástrofe de Chernóbil en Bulgaria, que reunió a historiadores, periodistas y físicos nucleares.
El ahora filósofo y profesor de la Nueva Universidad Búlgara de Sofía organizó el pasado otoño un seminario que reunió a historiadores, periodistas y físicos nucleares dedicado exclusivamente a las consecuencias de la catástrofe de Chernóbil en Bulgaria.
“Bulgaria fue el único país del bloque socialista que no tomó ninguna medida tras la catástrofe”, explica. Aunque el país solo ocupa el octavo puesto entre los más expuestos a la radiación según un informe de la ONU, registró la tasa más alta de cáncer de tiroides infantil fuera de la antigua URSS. “Como filósofo, esta singularidad me llevó a reflexionar sobre la verdad, la ética del discurso político y, en un sentido más amplio, el cinismo del régimen comunista de la época”.
El bloqueo informativo búlgaro
Tras el accidente de Chernóbil, en los países del bloque del Este se filtró la información con rigurosidad con el fin de minimizar los riesgos de contaminación y preservar al mismo tiempo el prestigio de la URSS. Por ejemplo, en Checoslovaquia, la palabra katastrofa se evitó cuidadosamente en las primeras fases, mientras que el término havárie (”accidente”) se utilizaba sin calificativos.
Los informes oficiales destacaban la pericia y el heroísmo soviéticos, el rápido control del incidente y la supuesta exageración de los hechos por parte de los “medios imperialistas occidentales”. Sin embargo, Bulgaria fue el país donde se produjo la censura más estricta y donde no se emprendió ninguna acción significativa.
“Ceaușescu (uno de los dictadores más autoritarios de la época) advirtió a los rumanos del riesgo de contaminación el 2 de mayo. En Yugoslavia, se pidió a las mujeres embarazadas y a los niños que permanecieran en interiores y se recomendaron precauciones básicas, como lavar los alimentos frescos. En Bulgaria, el bloqueo informativo fue total”, cuenta Vatsov.
“No nos decían nada, simplemente teníamos que obedecer. No fue hasta años más tarde cuando comprendí la verdadera magnitud de la catástrofe” – Petko Kovachev
El físico nuclear Georgi Kaschiev, que entonces trabajaba en la central de Kozloduy, en el noroeste de Bulgaria, recuerda muy bien aquellos días: “La única información que recibimos fue que se había producido un incendio en Chernóbil y que había sido extinguido”. Sin embargo, gracias a una gran antena instalada en su edificio, Kaschiev captaba la televisión yugoslava.
“Las noticias procedentes de Suecia y Finlandia permitieron comprender rápidamente que el incidente era mucho más grave de lo que se reconocía oficialmente. Los medios occidentales difundían imágenes de satélites estadounidenses que mostraban el reactor destruido, mapas que trazaban la nube radiactiva y reportajes que indicaban que Yugoslavia había enviado aviones para evacuar a los nacionales que estudiaban en Kiev”.
A finales de abril, Kaschiev y sus colegas comprendieron que la nube se dirigía hacia Bulgaria. Entre el 1 y el 2 de mayo, los niveles de radiación alcanzaron hasta diez veces los niveles naturales, especialmente tras las lluvias. Ante el mutismo de las autoridades, la información se difundió en privado: los ingenieros pidieron a sus familiares que tomaran precauciones básicas, unas advertencias que a menudo fueron recibidas con incredulidad. Varios análisis de muestras de alimentos posteriores, en particular de leche procedente de granjas búlgaras, confirmaron una contaminación extrema.
Los documentos de archivo a los que se pueden acceder actualmente muestran que el Gobierno búlgaro seguía de cerca la evolución de la catástrofe y el alcance de la contaminación en Europa y en Bulgaria. Para ello, analizaron la prensa extranjera, los informes de inteligencia y las mediciones diarias de radiación en todo el territorio. Según Vatsov, el Politburó del Partido Comunista Búlgaro temía que revelar la verdadera magnitud de la contaminación sembrara el pánico y provocara disturbios políticos, como había ocurrido en Polonia: “Aparte de eso, tan solo puedo calificar esta actitud como una forma de flaqueza moral por parte de las élites gobernantes, que demostraron un profundo desprecio hacia el resto de la población.”
Petko Kovachev, activista medioambiental que entonces cumplía el servicio militar obligatorio, recuerda que el ejército reaccionó rápidamente: “De la noche a la mañana, dejamos de consumir productos frescos y solo comíamos conservas en el comedor. Se cancelaron las actividades al aire libre y se nos ordenó medir los niveles de radiación alrededor de la base con contadores Geiger”.
Sin embargo, las medidas no vinieron acompañadas de ninguna explicación. “No nos decían nada, simplemente teníamos que obedecer. No fue hasta años más tarde cuando comprendí la verdadera magnitud de la catástrofe”.
El cinismo de la nomenklatura
La gestión de las repercusiones de Chernóbil en Bulgaria puso de manifiesto flagrantes desigualdades en el acceso a la información y a la protección sanitaria. En la cúspide se encontraba la nomenklatura: altos cargos del partido, policía política, directivos administrativos y oficiales militares. Durante la crisis, disfrutaron de un acceso privilegiado a comidas y provisiones distribuidas a través del hotel estatal Rila, situado en el centro de Sofía. El Politburó recibía agua mineral procedente de manantiales profundos y alimentos importados (cordero australiano, verduras de Egipto e Israel) para evitar cualquier contaminación.
Según Vatsov, la élite de esta nomenklatura —unas 300 personas— nunca estuvo en peligro, ya que se tomaron medidas especiales para garantizar su seguridad y bienestar: “El ejército adoptó medidas menos estrictas, pero suficientes para reducir la exposición. Al resto de la población, en cambio, permaneció en la ignorancia absoluta”.
Un símbolo de este cinismo fue la decisión de mantener el desfile del 1 de mayo de 1986, en el que numerosos niños desfilaron por Sofía a pesar del riesgo de lluvia radiactiva. Por suerte, la manifestación comenzó a las 11:00, mientras que la nube radiactiva no llegó al territorio búlgaro hasta la tarde, como muy pronto hacia las 14:00.
También se organizaron numerosos eventos deportivos de propaganda en todo el país, así como trabajos forzados supervisados por brigadas juveniles, compuestas principalmente por jóvenes de entre 15 y 25 años. Estos “voluntarios” estaban obligados a realizar tareas físicamente exigentes, como trabajos agrícolas o de construcción al menos dos veces al año. Se estima que unos 365 000 jóvenes se vieron expuestos de esta manera.
El 10 de mayo, tras una reunión en el Ministerio de Energía en Sofía, Kaschiev visitó a su cuñada. Los niños jugaban fuera, delante del edificio, mientras los adultos charlaban tranquilamente. Cuando les instó a que no les dejasen salir ni jugar en el arenero, desoyeron su advertencia. “Me acusaron de querer sembrar el pánico”, cuenta. “Alguien incluso insinuó que seguramente era un agente occidental y amenazó con denunciarme a las autoridades.”
A pesar de unas medidas a menudo insuficientes, se mantuvieron los desfiles del 1 de mayo en todos los países del bloque del Este. Incluso en Polonia, las celebraciones tuvieron lugar según lo previsto, mientras el Gobierno negaba públicamente cualquier riesgo sanitario. Mientras tanto, las autoridades polacas distribuían yodo y limitaban la venta de leche.
La rápida distribución de yodo, que comenzó la tarde del 29 de abril, se cita a menudo como una respuesta ejemplar ante una emergencia radiactiva: en tres días, 18,5 millones de personas (adultos y niños) recibieron una pastilla de yodo.
Científicos y activismo medioambiental
Justo después de la caída del régimen, Kovachev conoció más a fondo la catástrofe de Chernóbil y sus consecuencias gracias a una exposición organizada por físicos de la Universidad de Sofía. Ya en la época del comunismo, algunos de ellos formaban parte de redes ecologistas informales que más tarde se convertirían en Ecoglasnost, organización a la que Kovachev se unió cuando era estudiante.
Fundada en la primavera de 1989, unos meses antes de la caída del comunismo, Ecoglasnost era un movimiento cívico centrado en la protección del medioambiente, nacido del clima de liberalización política inspirado por la glasnost soviética. En otoño, Ecoglasnost organizó peticiones y manifestaciones públicas, entre ellas la concentración del 3 de noviembre en Sofía, considerada una de las primeras movilizaciones cívicas abiertamente contra el régimen comunista.
El movimiento amplió rápidamente sus reivindicaciones a las libertades civiles y las reformas democráticas. En diciembre de 1989, Ecoglasnost se convirtió en la primera organización política no comunista reconocida oficialmente en Bulgaria y desempeñó posteriormente un papel esencial en la estructuración de la oposición democrática al unirse a la Unión de Fuerzas Democráticas (un partido político que unía varias organizaciones opuestas al Gobierno comunista). También inició las primeras inspecciones de la central de Kozloduy.
El compromiso de la comunidad científica con las luchas medioambientales contribuyó al debilitamiento del régimen en sus últimos años. Ya se había manifestado en Ruse, en el norte del país, donde la contaminación atmosférica procedente de una fábrica química situada al otro lado de la frontera rumana desencadenó amplias protestas en 1987. De este movimiento surgió el Consejo Público para la Protección del Medioambiente de Ruse, la primera organización informal tolerada bajo el comunismo, que desempeñó un papel decisivo en las primeras movilizaciones nacionales y en la transición democrática.
En esa misma época, el descubrimiento de materiales radiactivos en forma de “partículas calientes” en Bulgaria (una prueba de la magnitud de la catástrofe de Chernóbil) incitó a varios físicos a seguir de cerca la crisis y a estudiar sus consecuencias. La exposición de la Universidad de Sofía que visitó Kovachev en diciembre de 1989 fue fruto de ese trabajo.
En otros países del bloque socialista, como Hungría o Checoslovaquia, surgieron algunos movimientos similares que combinaban el compromiso científico con la toma de conciencia ecológica y democrática.
Las preocupaciones medioambientales se convirtieron en el motor que expresaba las reivindicaciones de responsabilidad y transparencia. Este fenómeno alimentó las redes reformistas que posteriormente contribuyeron a configurar la transición de Hungría hacia la democracia
Mientras los niveles de radiación aumentaban a finales de abril y principios de mayo de 1986, los científicos y profesionales sanitarios húngaros documentaron la contaminación e intercambiaron información de manera informal, mientras que la comunicación oficial seguía siendo limitada y con ánimos tranquilizadores.
La creciente brecha entre el conocimiento de los expertos y el discurso público creó una disonancia moral en estos profesionales, divididos entre su integridad científica y su lealtad al Estado. En este contexto, las preocupaciones medioambientales se convirtieron en el motor que expresaba las reivindicaciones de responsabilidad y transparencia. Este fenómeno alimentó las redes reformistas que posteriormente contribuyeron a configurar la transición de Hungría hacia la democracia.
En la antigua Checoslovaquia, la catástrofe de Chernóbil también contribuyó a galvanizar los movimientos ecologistas, que posteriormente se convirtieron en actores clave de la Revolución de Terciopelo de 1989. Aunque el régimen era uno de los más represivos del bloque del Este, toleraba más el activismo medioambiental que la disidencia política abierta, pues consideraba que las preocupaciones relacionadas con la contaminación atmosférica e hídrica o la degradación del paisaje eran relativamente inofensivas y difíciles de censurar.
Los disidentes de Chernóbil
Según Vatsov, en Bulgaria no había disidentes antes del accidente de Chernóbil. “Saber que habían sido engañados por las autoridades y expuestos a graves riesgos para la salud marcó el compromiso político de toda una generación, especialmente dentro de la comunidad científica.”
Kaschiev es un ejemplo emblemático. La catástrofe de Chernóbil determinó tanto su compromiso político como su trayectoria profesional. Su indignación ante las deficiencias morales y políticas del régimen le llevó a especializarse en seguridad nuclear. A finales de la década de 1980, pasó de la física de reactores a la evaluación de riesgos, primero como empleado dentro de la central, y luego como profesor universitario e inspector nuclear. En 1997, fue nombrado director del laboratorio nacional de regulación nuclear de Bulgaria.
En otros países socialistas, la catástrofe de Chernóbil también se convirtió en un catalizador de la oposición al régimen. En Polonia, dio lugar a un poderoso movimiento antinuclear. Los temores relacionados con la catástrofe se transformaron rápidamente en oposición al proyecto de la central nuclear de Żarnowiec, y desencadenaron protestas a nivel nacional en las que participaron grupos ecologistas, activistas locales y disidentes como Lech Wałęsa, futuro primer presidente del país elegido democráticamente.
En un referéndum organizado en 1990, coincidiendo con las elecciones locales, más del 86 % de los votantes rechazó el proyecto de Żarnowiec, lo que provocó su abandono definitivo. Como señala el politólogo Kacper Szulecki, estas movilizaciones reflejaron y aceleraron profundas transformaciones sociales y generacionales, al tiempo que socavaron aún más la legitimidad de Moscú en Polonia.
Si bien dejó una huella duradera en la sociedad búlgara, la catástrofe no dio lugar a un movimiento antinuclear amplio. La central de Kozloduy, modernizada y aún en funcionamiento, es considerada en gran medida una fuente de orgullo nacional y una garantía de independencia energética. La catastrófica gestión de Chernóbil puso sobre todo de manifiesto la indecencia y el cinismo del régimen comunista, así como la irracionalidad de su ideología.
La catastrófica gestión de Chernóbil puso sobre todo de manifiesto la indecencia y el cinismo del régimen comunista, así como la irracionalidad de su ideología
En diciembre de 1991, tras la caída del régimen, el Tribunal Supremo de Sofía condenó al exministro de Sanidad Lyubomir Shindarov y al ex viceprimer ministro Grigor Stoichkov por negligencia criminal, por haber engañado deliberadamente a la población. Tras un largo proceso de apelación, sus penas se redujeron a dos y tres años de prisión, respectivamente. Siguen siendo los únicos altos cargos del régimen búlgaro que realmente fueron procesados y condenados por la gestión de la catástrofe de Chernóbil.
El físico nuclear Atanas Krastanov, joven investigador en la década de 1980 y testigo de la mala gestión de la catástrofe por parte de las autoridades, considera que la energía nuclear en sí misma no es el problema.
Subraya que “el accidente de Chernóbil fue ante todo el resultado de un error humano” y precisa “que en un principio no se trató de una explosión nuclear, sino de una explosión térmica debida a una acumulación de presión”. En la actualidad, Krastanov trabaja como experto en el Centro de Prevención de Catástrofes, Accidentes y Crisis del Ayuntamiento de Sofía. Recientemente participó en la realización de un documental sobre el tema, cuyo estreno está previsto para otoño.
Este artículo se ha realizado dentro de una Thematic Network de PULSE, una iniciativa europea que apoya las colaboraciones periodísticas transnacionales. En su elaboración han colaborado Andrea Braschayko, Martin Vrba y Daniel Harper.
Translated by Raquel Alonso | Voxeurop










