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“Nuestro gobierno está comprometido en ayudar a promover la libertad en internet….Estamos pidiéndoles a las compañías americanas que adopten una actitud pro-activa frente a las demandas de gobiernos extranjeros sobre seguimiento y censura” –  Hillary Clinton, anterior Secretaria de Estado de Estados Unidos, enero 2010.

Booz Allen Hamilton es un hombre con gran fortuna. Las agencias de seguridad nacional de USA requieren sus “servicios de consultoría sobre tecnología y gestión”. Estos servicios no tienen un precio cualquiera. Sólo en el año fiscal 2012, su compañía ha declarado unos ingresos de 5.086.000.000 dólares. Booz Allen Hamilton también ha empleado a Edward Snowden los últimos tres años. Al joven, 29 años, analista le pagó un salario considerable. La labor, a pesar de sus beneficios, se fue comiendo la conciencia del muchacho y este mes hizo saltar las alarmas:

Desde 2007, los especialistas de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) y empresas de seguridad contratadas dispusieron de total acceso a todos los mails, chats de audio y video, fotografías, documentos y registros de conexión privados archivados en los servidores centrales de nueve de las compañías americanas líderes en internet. En solo un mes, la NSA informó que había obtenido 97 mil millones de elementos de diferentes networks mundiales, incluyendo 3 mil millones de los propios Estados Unidos.

Algunos lo sospechaban, pero ahora lo sabemos con certeza. Los medios informan de forma regular de estos escándalos en los sistemas de seguridad nacional, pero su enfoque normalmente se centra en la historia del “arrepentido” y de la respuesta del gobierno americano. Este artículo intenta profundizar más y reflexionar sobre las prácticas expuestas, el contexto en el que se producen y las probables ramificaciones.

¿Qué significa todo esto? Daniel Ellsberg, que en 1971 sustrajo un importante número de documentos secretos de los llamados Papeles del Pentágono de las oficinas de la RAND Corporation para llevárselos directamente a la prensa, considera que el caso Snowden es la filtración más importante de la historia de los servicios secretos. A pesar de ello, sabemos muy poco sobre la extensión de las acciones del gobierno americano para interceptar nuestras comunicaciones. La censura y las acciones posteriores derivadas de estas informaciones no son, por suerte, parte de esta historia. Pero no nos equivoquemos, lo que sabemos es suficientemente desgarrador. Por un lado, están las vulneraciones a la privacidad en una escala gigantesca. Pero la filtración también revela el sistemático fracaso de los mecanismos de control democrático. Otro aspecto vergonzoso de esta historia es la extensión de la presencia de compañías privadas en el desarrollo de misiones delicadas. Si a esto le añadimos la supuesta colaboración con agencias de inteligencia de varios países, vemos la dimensión global del escándalo. Aunque el mayor de todo es el revulsivo en la conciencia de ciudadanos normales que no se pasan la mayor parte de su tiempo planeando actos terroristas: ciudadanos que no se creen el mantra de las justificaciones de las acciones secretas del gobierno. La advertencia “si usted supiera lo que nosotros sabemos” ya no es creíble. Incluso el senador John McCain afirma que posiblemente ha habido una extralimitación.

 

Vulneraciones a la privacidad

En todo el mundo, la gente utiliza Gmail, Facebook, Skype, YouTube y otros servicios para móbiles y portátiles de compañías como Microsoft, Google, Yahoo, Apple y PalTalk. Toda la información –no solo la metadata- es archivada en servidores centrales y Prism (el programa de rastreo) facilita acceso libre a la NSA y sus colaboradores privados. Si por cualquier razón alguien, como Edward Snowden, decide fijarse en usted, encontrará toda su información en tiempo real sin tener que pasar por complicados procedimientos de autorización. Tal grado de accesibilidad, por supuesto, difiere significativamente de las promesas de privacidad que dichas compañías norteamericanas aseguran en su información comercial.

Piense en ello. Dada la enorme cantidad de información que la NSA ya ha almacenado, ¿podemos realmente diferenciar entre “ciudadano particular” y “gobierno público”? ¿Por qué no cambiamos los términos por “ciudadano público” y “gobierno privado”?

 

Fracaso del control democrático

A algunos miembros del establishment de seguridad norteamericanos les gusta referirse a los rigurosos controles del Congreso que se establecen para proteger los intereses de los ciudadanos frente a un ejecutivo arrogante. Una y otra vez, dichas medidas son inútiles y contraproducentes, tanto que la apariencia de legitimidad que proporcionan debería  ser el centro de un debate nacional y, de forma optimista, una auténtica reforma. A menudo, los miembros de los comités de control no pueden tener la información más relevante y ocasionalmente reciben simplemente respuestas falsas a sus preguntas. Veamos el siguiente párrafo de un artículo reciente del New York Times sobre la información que reciben los congresistas sobre las normas legales que rigen el uso de drones:

“Pero la administración ha retenido las informaciones sobre cómo se rigen los ataques a extranjeros que el comité también había pedido, arguyendo que son parte del asesoramiento jurídico confidencial del presidente. Como resultado de ello, las reglas detalladas sobre la mayoría de los ataques con drones, incluyendo los llamados “ataques firmados” sobre sospechos cuyos nombres son desconocidos para los que dirigen el ataque, son desconocidas incluso para los miembros de comités de inteligencia del Congreso.

Los comités de seguimiento de las cuestiones de inteligencia se centran en las cuestiones adecuadas. Pero eso no implica que puedan ver lo que necesitan para valorar las acciones gubernamentales. La verdad sea dicha, muchos congresistas actúan como consultores del ejecutivo pero pocos tienen la voluntad política de buscar, comprobar y cuestionar la poca información que reciben. Todo esto conduce a un consecuente y llamativo fracaso en el ejercicio de una parte considerable de su deber. El control del Congreso –idealmente riguroso y no ceremonioso- otorga legitimidad a las acciones del ejecutivo.”

Volviendo al escándalo de la NSA, ahora sabemos que el director nacional de inteligencia, James Clapper (un antiguo ejecutivo de Booz Allen Hamilton) engañó al Congreso cuando el 12 de marzo de 2013, contestó “No, señor” a la pregunta si la NSA recogía algún tipo de información de millones de norteamericanos.

Por tanto, gracias Edward Snowden, por dejarnos ver esta grieta en el abuso gubernamental en nombre de la seguridad nacional. A la luz de las notables limitaciones del control del Congreso, el debate público es crucial. El presidente Obama le da la bienvenida. Perfecto, así también lo desea la sociead americana, aunque dejándonos de lado a nosotros, pobres extranjeros,  que no tenemos ni idea sobre el paradero nuestra información privada.

 

Excesiva dependencia del sector privado y excesivo secretismo

El secretismo, algunos arguyen, hará imposible un verdadero debate. Realmente, el secreto gubernamental y los servicios privados han crecido enormemente en y alrededor de Washington en la última década. Sólo en el año 2012, los contribuyentes americanos pagaron más de mil millones de dólares por mantener en secreto los secretos. Esta cifra no incluye el coste aún mayor de clasificar y desclasificar el material de las agencias de inteligencia. Estos secretos, como hemos indicado anteriormente, son compartidos con empresas privadas. El trabajo de Dana Priest y Tim Shorrock sobre servicios privados de inteligencia tiene una especial relevancia al hablar de estas cuestiones. Debemos recordar que las empresas privadas de inteligencia tienen como eje central de su actividad el negocio (es decir, los beneficios), que puede ser contradictorio con el interés público general. Una excesiva dependencia de ellos puede influenciar en la toma de decisiones de qué instrumentos son necesarios y cuáles son las prioridades. Las puertas giratorias (es decir, gestores públicos que se pasan a la esfera privada para explotar sus conocimientos y viceversa) se abren y se cierran en los anodinos edficios de oficinas a lo largo del Potomac y en la Avenida Pensilvania. Como se ha argumentado, es increíblemente difícil establecer una clara imagen de la malversación  de los servicios estatales de inteligencia. Porque ¿cómo se controlan, cómo se gestionan los servicios privados de inteligencia que administran tanta información? Indirectamente, Edward Snowden planteó la misma cuestión. Conociendo la debilidad de los mecanismos de control constitucionales ¿a quién debemos dirigirnos para enfrentarnos a los enormes abusos de las prerogativas gubernamentales? 

 

Implicaciones más amplias

El escándalo de la NSA no es un problema solo para la democracia norteamericana. Otros ciudadanos americanos, europeos, asiáticos y africanos tienen el derecho a saber dónde está su información privada. Comisiones estatales ya están intentando averiguar la extensión de la colaboración de sus agencias, saltándose sus propias leyes, con las acciones de la NSA. La pura capacidad tecnológica que tiene la NSA actualmente no debe ser despreciada. La gente normalmente tiende a invocar las ideas de sobrecarga de información o de ahogarse en un mar de información. Puede que eso sea cierto, pero actualmente la NSA es capaz de encontrar lo que busca en medio de un océano de información.

¿Podemos sacar provecho de esta crisis? Hay la posibilidad que esta crisis pueda ser recordada como un punto de inflexión para una campaña mundial en favor de la libertad en internet. Por el momento, estamos observando  un cierta confusión en la gobernanza del ciberespacio. Ronald Deibert y Masashi Crete-Nishihata han analizado recientemente varias “prácticas que socavan el ciberespacio como un lugar abierto de información y comunicación” y las han diagnosticado correctamente como “regresiones de la norma”. Ya no existe la libertad en internet. De facto, China y los Estados Unidos (a pesar de nobles iniciativas del tipo Society 2.0) se están uniendo en su objetivo de “vuelve el control del Estado”.

El debate que el presidente Obama plantea y valora debería ir más allá de los límites de Washington DC. Dependiendo de las repercusiones de las investigaciones parlamentarias,  la diplomacia directa y los resultados de un movimiento a favor de la libertad en internet,  deberíamos volver otra vez a unas “normas difusas”.

Para acabar, felicitaciones a Hillary Clinton. Cualesquiera sean los desafíos del contraterrorismo, dijo, “estos desafíos no deben ser una excusa para los gobiernos para  violar sistemáticamente los derechos y la privacidad de aquellos que usan internet para objetivos políticos pacíficos.”

Este artículo fue originalmente publicado por la Fundación Heinrich Boell (sede norteamericana) 

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