Tras la peor catástrofe natural de la historia reciente de España, el país ha sido testigo de una avalancha de teorías conspirativas con tintes políticos que arrojan dudas sobre el gobierno y las instituciones democráticas. Aunque estas mentiras suelen ser creadas y difundidas por una pequeña red, pueden extenderse rápidamente más allá de los círculos tradicionales y obtener una amplia atención. ¿Qué se puede hacer para detener la propagación de la desinformación tras fenómenos meteorológicos catastróficos?
Las terribles inundaciones del pasado 29 de octubre en España han dejado más de 200 cientos muertos. Esta fatídica fecha tendría que ser marcada en nuestro calendario y memoria colectiva como un recordatorio más de los tremendos impactos del cambio climático, aún más en zonas estructuralmente mal urbanizadas. A más calentamiento global, más eventos extremos como las llamadas “DANA”1 y por desgracia más posibilidad de pérdidas de vida, daños económicos y conmoción social. La inacción climática mata. Es una evidencia científica y una realidad que, aún más después de esta catástrofe, podríamos suponer tan tangible como inapelable. Sin embargo, no es ni mucho menos una evidencia social, ni de sentido común.
El lodo (des)informativo en Valencia
En España, desde el 29 de octubre, se ha activado una campaña de desinformación proporcional a los acontecimientos, es decir de una magnitud indecente. En las redes sociales vinculadas sociológica y/o políticamente a la extrema derecha, una tormenta de lodo negacionista y de fango reaccionario ha sido puesta en marcha de forma coordinada y orgánica llevando a quitar importancia a la crisis climática y dirigir las miradas hacia otras dianas más acordes con los objetivos de la ‘internacional del odio’. Aprovechándose del gran dolor emocional y de la rabia por la pésima gestión de las instituciones, principalmente autonómicas, las narrativas tóxicas han desarrollado a gran escala un relato bien ensayado durante años: quitar credibilidad y socavar al Estado, a sus instituciones democráticas, cuerpos intermediarios y a la prensa. Porque, hayan leído o no a Hannah Arendt, saben perfectamente que como decía la filósofa alemana: “mentir constantemente no tiene como objetivo hacer que la gente crea una mentira, sino garantizar que nadie crea en nada. Un pueblo que ya no distingue entre la verdad y la mentira no puede distinguir entre el bien y el mal. Y un pueblo así, privado del poder de pensar y juzgar, está, sin saberlo ni quererlo, completamente sometido al imperio de la mentira. Con gente así, puedes hacer lo que quieras.”.
Para ello, la estrategia calcada en el “trumpismo” ya está bien rodada: usar bulos, mentiras y hechos alternativos para corromper el debate público y las redes sociales, saltándose todas las reglas y las normas, y apuntado chivos expiatorios y enemigos internos. En Valencia, a golpe de brocha gorda, los maestros de la desinformación han aplicado minuciosamente este plan poniendo a correr por las redes sociales, y a veces por algunos canales de televisión, bulos vistos o reproducidos por millones de personas en España y mucho más allá, con fuerte acento de injerencia externa.2 En el centro del huracán negacionista: el gobierno central, los ecologistas y las ONGs de solidaridad.
Evidentemente, el gobierno central, además siendo progresista y woke, solo puede ser considerado desde las burbujas conspiranoicas post-COVID como malo y malvado. Por una razón principal: el Gobierno esconde la verdad a la ciudadanía. El caso paradigmático de la desinformación ha sido sin duda el parking de Bonaire en la localidad valenciana de Aldaia donde en base a información falsa compartida en TikTok que lo calificaba de “cementerio” con miles de personas atrapadas en sus coches, se llegó a compartir en prime time de una cadena de televisión nacional y en muchos medios europeos. Si bien afortunadamente esto resultó ser del todo falso ya que los cuerpos de rescate no encontraron ni una persona fallecida dentro, este bulo dejó en el aire la existencia de una contabilidad B de muertos y desaparecidos (lo que fue retomado por el partido de extrema derecha, Vox, en el Congreso). Aprovechándose de una falta de comunicación institucional más clara en los primeros días sobre el número de muertos y desaparecidos, eso a su vez reforzó la desconfianza hacia las instituciones3 encargadas de la gestión de la crisis que culminó con la agresión verbal y física al Rey Felipe VI, al primer ministro español Pedro Sánchez y al presidente valenciano Carlos Mazón durante su visita el 3 de noviembre pasado a Paiporta, pueblo gravemente afectado por las inundaciones. Sin cortafuegos ante las mentiras orquestadas por una oligarquía de la desinformación, la violencia puede saltar con facilidad de las redes a la calle.
La segunda diana es seguramente la más paradójica: a pesar de los impactos probados de la crisis climática en las inundaciones de Valencia, la culpa de la DANA es… de los ecologistas. No solo fueron burlados por avisar desde hace décadas del cambio climático, que recordemos gran parte de la extrema derecha sigue considerando como un timo o un fanatismo, sino que ahora directamente se les acusa de las terribles consecuencias de la tormenta. Más allá de negar o minimizar las causas climáticas (“siempre ha habido riadas en estas zonas”, “por mucho que ahora le llamen DANA, no es más que una gota fría de toda la vida”, etc.), vuelve a aparecer un argumento ya probado en crisis anteriores como la sequía de 2023: bajo las presiones y órdenes de los ecologistas, se habrían destruido presas, construidas en época franquista, que de haber existido habrían contenido las inundaciones. Esto es una mentira pura y dura puesto que en los últimos 20 años, solo se retiraron en Valencia cuatro pequeños azudes, además en zonas que no fueron afectadas por la DANA y justamente para evitar desbordamientos e inundaciones peores. Pero esta mentira no solo corrió de nuevo como la pólvora en la galaxia negacionista, percolando -y esto es lo más grave- más allá de sus fronteras naturales, llegando incluso a publicarse amenazas de muerte en contra de ecologistas o periodistas científicos, “traidores” al sueldo de la diabólica Agenda 2030 y sus peligrosas medidas de sostenibilidad. Una vez claramente identificados a los villanos, solo queda en el relato reaccionario aupar al héroe: el dictador Franco. Sin sus presas, es el apocalipsis. Los ecologistas sobran, la democracia también.
Por último, la campaña de desinformación tiene una tercera meta: las organizaciones de solidaridad. Con un objetivo claro: desacreditarlas y quedarse con el monopolio de la solidaridad en momentos de crisis. En particular, las redes sociales del odio y de la mentira atacan sin descanso a la Cruz Roja y a Cáritas. A pesar del impresionante despliegue de estas ONG, con miles de personas ayudando in situ, corren los memes y bulos criticando el (inexistente) timo de supuestos falsos voluntarios de la Cruz Roja, aparecen decenas de respuestas negativas en respuesta a publicaciones en redes sociales de estas ONG, se les acusa de rechazar y tirar donaciones, mientras que se refuerza el relato racista subyacente, y de nuevo falso, sobre la ayuda prioritaria de estas organizaciones a las personas inmigrantes y no a las y los valencianos, y culpando directamente de los pillajes después de la DANA a las personas migrantes. Esta narrativa xenófoba surfea sobre un relato más antiguo y clásico de la extrema derecha: las ONG malversan subvenciones y/o no saben gestionar la ayuda. Con su corolario: los nuevos solidarios son los mismos que derrochan su energía en bulos y publicaciones en redes sociales para dejarse ver y ganar seguidores. Un influencer de extrema derecha llegó incluso a recaudar dinero y proponer repartir esa ayuda a los pueblos afectados con más “likes” en los comentarios. Al calor del lema “solo el pueblo salva el pueblo”, el populismo negacionista y reaccionario se imagina como sustituto de las instituciones tradicionales para imponer una solidaridad tecnolibertaria: a dedo (o click) donde impera los beneficios y la ley privada del más fuerte y del más popular.
Un fenómeno mundial… muy rentable
Desgraciadamente, esta estrategia de desinformación climática no sonará nada extraña a las y los lectores avisados de otros países europeos puesto que no es ni mucho menos un fenómeno español. Los 16 y 17 de mayo del 2023, la región italiana de Emilia-Romagna sufrió un evento de lluvias extremas, que sumado a otros factores de mala gestión de los ríos y de los suelos, causaron 17 muertos y daños económicos millonarios. Pero como reporta la organización italiana Facta, en las redes sociales, otra narrativa falsa se extendió ampliamente imputando tanto las inundaciones como los daños relacionados al “plan específico de actores no identificados que, de manera intencional, no solo provocaron las lluvias, sino que inundaron toda una región mediante la apertura voluntaria de presas y compuertas”. Mientras tanto, en el verano de 2023, Grecia experimentó uno de los incendios más destructivos en lo que va de siglo XXI fruto de una combinación de aumento de temperaturas, sequía, disminución de las precipitaciones y cambios en el uso del suelo. Pero de nuevo, esta explicación racional basada en los hechos se vio contrarrestada por la desinformación organizada que afirmó, de forma errónea, que “los bosques se queman únicamente para instalar parques eólicos y que, de este modo, algunos individuos obtengan beneficios”. A pesar de ser del todo incierta, la organización Ellinika Hoaxes reporta que “7 de cada 10 participantes en una encuesta en Grecia dijeron estar de acuerdo con la opinión de que la mayoría de los incendios son provocados, mientras que 5 de cada 10 dijeron estar de acuerdo en que después de incendios devastadores, florecen parques eólicos”. Los bulos no son meros mensajes confinados en la burbuja conspiranoica. Este llamado “nuevo negacionismo” (new denial) en contra de las energías renovables, presente en toda Europa, permea en gran parte de la opinión pública. Crea sentidos comunes que permiten luego por ejemplo a la primera ministra italiana Giorgia Meloni afirmar en la COP29 que las renovables no son suficientes como alternativa a los combustibles fósiles sino que también se necesitan “gas, biocombustibles, hidrógeno, captura de CO₂ y, en el futuro, fusión nuclear”. Mientras tanto durante los incendios de 2023, el gobierno griego de centro derecha escurrió el bulto por su falta de preparación y adaptación ante los eventos climáticos, culpando a “ciertos científicos” por sus publicaciones de datos y escondiéndose detrás de la generalización del cambio climático en otros países. El negacionismo es el buque insignia del “retardismo climático”, es decir de la procrastinación activa o pasiva ante la emergencia climática.
Pero sin duda, donde más lejos ha llegado la todo menos inocua estrategia de desinformación climática es Estados Unidos. Allí acaba de ser reelegido el desinformador en jefe Donald Trump, fervente negacionista del cambio climático, detractor de la Agencia de Protección Medioambiental de Estados Unidos y autor del hito “I want to drill, drill, drill”, himno a la extracción de más combustibles fósiles. Y se apoya en una potente red de desinformación que sin ir más lejos se cebó con la verdad cuando pasaron por EEUU los huracanes Helene y Milton a finales de septiembre y principios de octubre del 2024, dejando más de 200 muertos, una destrucción masiva de casas y negocios, y más de 160 millones de personas intoxicadas por fake news. Como anticipo de los bulos negacionistas y xenófobos usados luego en España, dos culpables emergen: el gobierno federal y las personas migrantes. Negando la mayor y alejando el foco del problema (el efecto del cambio climático en reforzar los huracanes), Trump en persona afirmó falsamente que la administración federal no se comunicó con los gobernadores en los estados afectados ni ofreció asistencia. Su fiel escudero, Elon Musk, usando su plataforma de propaganda masiva X, comentó que la Agencia Federal de Gestión de Emergencias “agotó su presupuesto transportando ilegales al país en lugar de salvar vidas estadounidenses”, mientras las redes conspiranoicas la culpaban de bloquear activamente las donaciones para las víctimas y confiscar bienes. No solo estas mentiras no desgastaron la candidatura presidencial de Trump sino más bien sirvieron sus intereses: hoy reina de nuevo sobre Estados Unidos; Musk es el jefe designado para recortar el gobierno estadounidense y sus acciones han dado un salto cualitativo de varios miles de millones tras las elecciones estadounidenses; y Estados Unidos, uno de los principales responsables del cambio climático a nivel mundial, se alejará probablemente de nuevo del Acuerdo de París, agradando a las multinacionales de las energías fósiles. Si bien lastra profundamente la lucha por la justicia climática, mentir puede llegar a ser muy rentable política y económicamente para quién las sabe usar en su interés propio.
Un clima de mentiras
Ante esta “infodemia climática”,4 lo primero es abandonar cualquier tipo de ingenuidad. La desinformación como la ocurrida en Valencia no es un epifenómeno: es uno de los motores claves de la agenda reaccionaria y negacionista a nivel mundial. No es tampoco un fenómeno aleatorio: es un ecosistema de unos contados actores digitales y físicos, coordinados entre sí, proactivos, totalmente desinhibidos y plenamente conscientes de su capacidad de generar mentiras o media verdades que, más allá de su burbuja inicial, contaminan y condicionan el debate público con el fin de socavar a los gobiernos, principalmente progresistas y verdes, y las instituciones democráticas. Tampoco es un revulsivo para fomentar la responsabilidad institucional: incluso en situaciones de emergencia climática extrema, no se puede dar por supuesto que habrá una tregua política entre gobierno y oposición, y más bien al contrario, lo más posible siendo que la desinformación crezca y acentúe la polarización política, y vice versa.
De hecho, es altamente probable que la oposición, incluso sin comulgar con los bulos conspiranoicos, llegue a usar el caldo de cultivo de mentiras y dudas para atacar al Gobierno con otros fines que los inicialmente planteados por los influencers negacionistas. Es el caso del Partido Popular español tras la tragedia valenciana: aprovechando la desconfianza hacia las instituciones y la polarización política alentada por los bulos, buscó desviar la atención de la mala gestión del Presidente de la Generalitat Valenciana perteneciente a su partido, desacreditando en el Parlamento Europeo a Teresa Ribera, entonces Ministra de Transición ecológica del Gobierno central y candidata a vice-presidenta europea, reforzando aún más la polarización y hasta poniendo en jaque el conjunto de la Comisión Europea Von der Leyen 2.0. Una oligarquía de las mentiras crea los bulos con sus propios fines políticos, económicos y cognitivos, pero luego estas mentiras cogen vida propia, permean, se transforman y dejan un pozo tóxico de dudas que otros usan con sus propios intereses. Sin que ambas compartan exactamente los mismos análisis, ni objetivos, estamos ante un perfecto sistema de vasos comunicantes y sinergias entre derecha radical y centro derecha.
Pautas contra la infodemia climática
En este contexto, y como medidas de adaptación ante la emergencia climática, se requieren respuestas contundentes por parte de las instituciones y de la sociedad civil. Primero, hace falta una tolerancia 0 con la desinformación. Todo el peso de la ley tendría que caer sobre las mentiras difundidas por personas u organizaciones en las redes y otros canales porque ante catástrofes climáticas como las estudiadas en este artículo, inducen comportamientos dañinos, violencia y socavan la capacidad de intervención de las autoridades públicas, lo que a su vez pone en peligro la vida y salud de mucha gente hoy y mañana.
Al mismo tiempo, puesto que la justicia es lenta mientras la desinformación vuela, se necesita una respuesta informativa institucional rápida ante eventos extremos como inundaciones, sequías o incendios. Hay que actuar desde el primer momento y en ningún momento pecar de ingenuos esperando un momento de comunión nacional. La comunicación gubernamental e institucional “debe ser explícitamente presentada, repetida y defendida (…) en lugar de ser asumida como una realidad compartida con los adversarios políticos”.
Además de la parte institucional, la respuesta social es también central. Más allá de las iniciativas de fact-check necesarias pero insuficientes, se necesitan influencers, ONG, sindicatos, medios de comunicación, etc. bien (in)formados sobre crisis climática y con capacidad de luchar por el sentido común, la hegemonía cultural climática y pelearlo en el espacio público. También se necesitan personas (re)conocidas e influyentes en las esferas más conservadoras para convencer a los suyos propios sobre la realidad del cambio climático y sus efectos: uno tiende a creer más a alguien con sus propios valores que una persona ajena de su ámbito ideológico o político. Y se necesitan estrategias colectivas (como puede ser el “crowdsourcing” o las “brigadas anti-desinformación”5), sumando a personas expertas, ciudadanía, periodistas, científicos, etc., para detectar, verificar y desmentir información falsa sobre eventos extremos de manera colaborativa y veloz.
Para que esta respuesta social esté a la altura, es fundamental al mismo tiempo que las personas reciban una educación adaptada sobre cambio climático como parte intrínseca de su currículo formativo desde la escuela primaria hasta la universidad, que además incluya saber reconocer los bulos y usar su pensamiento racional para desactivarlos, así como hacer un uso responsable de las redes sociales.
Por último, una regulación estructural de las plataformas y redes sociales en todos los países democráticos es fundamental para contrarrestar el “imperialismo muskiano de la desinformación” y dar primacía a las fuentes de información fiables, donde además los periodistas cuenten con una formación sólida sobre la crisis climática.
Es urgente hacer frente con decisión a la desinformación y poner todos los medios políticos, legales y sociales a nuestro alcance para actuar contra la crisis climática y proteger nuestras instituciones. No dejemos que la inacción climática y las mentiras sigan matando y contaminando las democracias y nuestro futuro.
- Por sus siglas, Depresiones Aisladas en Niveles Altos, cuyo término científico adoptado en la segunda mitad del siglo XX es más preciso y adaptado que su antecesor más genérico del siglo XIX “gotas frías”. ↩︎
- En el caso valenciano, se ha visto como cuentas automatizadas y monetizadas (bots) desde la India han publicado frenéticamente bulos en español y catalán. Véase Iago Moreno, “La cara B de la DANA: basura en las redes y colapso democrático”, publicado en Agenda Pública. ↩︎
- Por si fuera poco, aunque de forma contradictoria entre ellas y de forma más minoritaria, muchas teorías conspiranoicas van más allá: todo esto es un plan premeditado del Gobierno, o de Marruecos o Israel para vengarse de la posición del Gobierno central en política internacional. Sea cual sea la opción que cada uno elige, y sin importar la coherencia argumentativa y de los hechos, in fine la culpa siempre la tiene el Gobierno. Véase J. Salas, op. cit. e I. Moreno, op. cit. ↩︎
- En base a la experiencia de la COVID19, neologismo acuñado por la Organización Mundial de la Salud para referirse a una situación con “demasiada información, incluyendo información falsa o engañosa, en entornos digitales y físicos durante un brote de enfermedad”. Fuente. ↩︎
- Véase por ejemplo esta iniciativa del Environmental Defense Fund. ↩︎
