Migration

Cooperar para eliminar las alambradas: Europa y el Magreb

Muchas personas en el Maghreb no tienen otra alternativa que abandonar sus hogares y empezar una vida en el extranjero. En lugar de tratar a estas personas como criminales, la Unión Europea debería tratar de promocionar una política de funcionamiento para la región. Ello implica pues tratar los problemas desde una perspectiva ecológica.

 

Migración e integración

“(1.) Toda persona tiene derecho a circular libremente y a elegir su residencia en el territorio de un Estado. (2.) Toda persona tiene derecho a salir de cualquier país, incluso del propio, y a regresar a su país.” Estos dos enunciados conforman el Artículo 13 de la Declaración Universal de Derechos Humanos. Basándonos en ello podemos decir: negar el derecho de migración es inhumano. Esta afirmación puede parecer excesiva pero, ¿cómo calificar si no un comportamiento que niega ayuda y asistencia humanitaria a aquellos que huyen de la extrema pobreza, el hambre o la violencia?

En Europa estamos viviendo una regresión de los valores en los que se fundamentó nuestra comunidad: la cooperación cosmopolita de diferentes culturas para construir un futuro común. La crisis ha exacerbado los odios raciales y ha contribuido a alimentar los mitos de los que se nutren los partidos xenófobos, tales como[1]:

  1. El mito de las raíces, basado en la supuesta identidad de las diferentes naciones europeas, presuntamente invadidas por “el diferente”, al cual se le exige asimilarse, abandonando todo vínculo cultural propio o quedar condenado al ostracismo y la exclusión. Esta idea presenta una mentira de base: ni nuestras culturas son homogéneas, ni lo son las de los emigrantes.
  2. El mito estadístico, que incluye en las estadísticas a los migrantes intraeuropeos como extranjeros, aunque el Convenio de Schengen establezca que son ciudadanos. Es triste pensar que la libre circulación de personas, a diferencia de circulación de capitales, siga siendo puesta en duda en base a una falsa sensación de seguridad consistente en monitorear nuestra intimidad y reducir nuestros derechos y libertades.
  3. El mito de la ilegalidad de las personas, consistente en condenar a las personas como ilegales en lugar de condenar los actos, criminalizando el mero hecho de cruzar una frontera. “Ningún ser humano es humanamente ilegal y si, aun así, hay muchos que legalmente lo son y de hecho deberían serlo, esos son los que explotan, los que se sirven de sus semejantes para crecer en poder y riqueza”. Hago mías estas palabras del premio Nobel de literatura, el portugués José Saramago y reitero que nadie que necesite asilo debería ser excluido. Huir de tu hogar ya es suficiente daño a la dignidad inherente al ser humano como para ser recibidos como criminales.
  4. El mito de que contra la inmigración ilegal todo vale. Desde centros de internamiento donde se violan los derechos humanos, ausencia de asistencia sanitaria, devoluciones en caliente y las vallas de la vergüenza de las ciudades autónomas españolas de Ceuta y Melilla debido a las cuales España ya acumula denuncias de la Organización Internacional del Trabajo, el Consejo de Europa y Naciones Unidas. La diferencia radical en la protección de los derechos fundamentales de los pobres frente a los ricos es enorme. Prueba de ello es la ausencia de países occidentales entre los firmantes de la Convención internacional sobre la protección de los derechos de todos los trabajadores migratorios y de sus familiares.

Esto tiene que cambiar.

Occidente debe asumir dos premisas: que no se puede mantener una concepción diferente de los derechos humanos en función de la capacidad económica y que en un mundo interdependiente nuestras acciones como países y como individuos tienen consecuencias globales. La pobreza y el deterioro ambiental están íntimamente relacionados, tal y como muestra el cruce de variables entre el Índice de Desarrollo Humano (IDH) y la Huella ecológica. Pese a esto, los refugiados ambientales -los cuales Norman Meyers estima pueden llegar a ser 250 millones para 2050- son invisibilizados por los estatutos internacionales, porque su inclusión obligaría a aceptar la intrínseca relación entre contaminación, acidificación de los océanos, escasez de recursos, salinización de las tierras de regadío y desertización con el hambre, la falta de agua potable, la pérdida de biodiversidad, la inestabilidad social, la guerra y las migraciones.

Defender una Europa ecologista y cosmopolita implica tener presente esta relación y revitalizar el ius migrandi en sus tres perspectivas: como el derecho a permanecer en nuestro hogar en unas condiciones de vida dignas, como el derecho a emigrar y como el olvidado derecho a establecerse pacíficamente donde uno decida, lo cual cobra especial importancia para la gente del Magreb.

 

La solución verde: no más modelos neoliberales

La creación de políticas verdes entre el Magreb y Europa pasa por comprender los problemas de la región desde una perspectiva ecologista. Un modelo de desarrollo no es viable si queremos evitar el colapso ambiental. Por ello, las perspectivas para el futuro del Magreb no pasan por imitar el “modelo Angola”, consistente en el intercambio de materias primas por mega infraestructuras construidas por China, que ha encontrado en África una fuente de recursos en las que sustentar su creciente consumo.

Que África necesita una descolonización económica es una realidad. Los países del Magreb disponen de fuentes de ingresos limitadas (gas, petróleo, hierro o fosfatos) o íntimamente ligadas al equilibrio ambiental y social, (ganadería, turismo y exportaciones hortofrutícolas) por lo que los modelos cortoplacistas neoliberales o neokeynesianos no responden a la realidad de la finitud de los recursos ni al deterioro ambiental que sufre la región.

Los problemas ambientales de la zona generan problemas sociales que afectan también a la economía de la región. Prueba de dicho frágil equilibrio es la sequía que asola Mauritania y mantiene en situación de riesgo de desnutrición a 12 millones de personas. Mientras, la desertificación del Magreb amenaza las zonas costeras, en las que aún existen zonas no degradadas en una región que ya es dependiente de las exportaciones de grano.

Además, la introducción del fracking en Argelia ha hecho surgir grandes protestas, ya que requiere grandes cantidades de agua, recurso escaso en el país. Esto debe recordarnos que la ecología está presente incluso entre los sectores más pobres y dependientes de la exportación de recursos energéticos, y que allí donde existan personas sometidas a unas prácticas empresariales draconianas tendremos aliados para generar una conciencia de cambio comprometida con el planeta.

 

“Círculos viciosos”

Solemos olvidarnos de que las causas de la carencia de estos países muchas veces pasan por los abusos de unas élites sociales extractivas que expolian los recursos de los que se nutre el Norte global y concentran el poder, fomentando los que los estudiosos del desarrollo Daron Acemoglu y James A. Robinson denominaron “círculos viciosos”: problemas que agravan los problemas existentes.

Varios ejemplos: Marruecos y Argelia están atascados políticamente en su avance hacia sistemas democráticos, dependientes de “hombres fuertes” como el rey Mohamed VI de Marruecos o el presidente Abdelaziz Bouteflika. La corrupción institucionalizada hace de la seguridad jurídica un imposible, impidiendo introducir cambios institucionales y sometiendo a dichas sociedades a la pobreza y la desigualdad, caldo de cultivo del fundamentalismo y los conflictos, en lugar de fomentar una educación respetuosa con la cultura y la religión de las diferentes regiones que fomente la emancipación de la mujer y cree las condiciones para desarrollar una sociedad civil fuerte.

Libia continúa inmersa en una segunda guerra civil, y su IDH continúa a la baja. El país ha sído olvidado ahora que el flujo de petróleo hacia el Norte se ha restituido. A ello se suma la ocupación ilegal del territorio del Sáhara Occidental por Marruecos, sin posibilidad de hacer valer su independencia por la falta de voluntad política de España y el recelo en las relaciones entre Marruecos –cuyo rey tiene en propiedad las minas de fosfatos de Sáhara Occidental- y Argelia, que defiende la independencia de dicho territorio acogiendo las reivindicaciones del Frente Polisario. Mientras, en la región aumentan campos de refugiados como el de Tinduf o M’Bera a la espera de una solución que no llega.

En este contexto no es ninguna sorpresa que los proyectos de cooperación regionales como la Unión del Magreb Árabe quedan paralizados por los conflictos bilaterales. Marruecos trata de desmarcarse de Argelia intentando posicionarse como enlace destacado con la Unión Europea al integrarse en políticas de seguridad común, acuerdos pesqueros o a través del programa MEDA de ayudas económicas. Propuestas más amplias como la Política Mediterránea Renovada o la Unión para el Mediterráneo tampoco han dado sus frutos, obligando a entidades supranacionales como la UE a colaborar por separado con cada nación, haciendo imposible la creación de proyectos interregionales.

 

Occidente necesita hacer un esfuerzo

Debemos realizar un cambio radical en nuestra forma de entender la política exterior si queremos cooperar con el Magreb. La cooperación implica reciprocidad, ayuda mutua, entender que nuestro mayor interés pasa por el bienestar no solo de nuestro país, sino del mundo; no solo para las generaciones presentes, sino para las futuras. Para ello debemos repensar las fórmulas tradicionales, reduciendo el consumo de recursos en los países con mayor huella de carbono, así como al efectivo cumplimiento de los derechos humanos en las regiones más devastadas.

Hay que superar las ideas cooperativas tradicionales y avanzar hacia la cooperación al posdesarrollo, como reducir el consumo y la producción, moderar la huella ecológica en Europa y aumentar el IDH en los países del Magreb, acercando tanto al Norte como al Sur global al cajón de sostenibilidad (un IDH superior al 0’8 y Huella ecológica inferior a 1’8) mejorar la calidad democrática de las instituciones y desarrollar estrategias de integración y cooperación regional más allá de los intereses de las élites revitalizando las instituciones de abajo-arriba para dar pasos hacia políticas verdes en el Magreb.[2]

La fórmula del consenso de Washington, basada en la premisa de que introducir una economía de mercado neoliberal es garantía de desarrollo de instituciones democráticas se ha demostrado falsa. No tratar las culturas no occidentales como iguales, capaces de dialogar y de resolver problemas apesta a eurocentrismo e impide los intercambios culturales y formativos bidireccionales entre Norte y Sur.

No podemos permitir que los sueños de las personas del Sur global sean desgarrados por las concertinas y alambradas de Ceuta y Melilla o los cientos que mueren ahogados en el Mediterráneo.

A su vez el Norte ha de apostar por reducir su huella de carbono, educar en una cultura alejada del consumismo para crear una ciudadanía empoderada y concienciada ecológicamente que exija un trato justo de Europa con el Magreb, los migrantes y el Sur global. En palabras del poeta musulmán sevillano Az-Zubaidi, «La Tierra entera, en su diversidad, es una sola, y todos sus habitantes son humanos y vecinos». Cooperemos hoy para eliminar las alambradas.

 

[1] CHUECA, Ángel G. “Mitos, leyes de extranjería y migraciones internacionales en el Mediterráneo”. En FLECHA, José-Román & GARCÍA, Cristina. El Mediterráneo en la Unión Europea ampliada. Salamanca: Universidad Pontificia de Salamanca, 2005. p. 89-116

[2] MARCELLESI, Florent. “Del desarrollo al posdesarrollo: otra cooperación es posible y deseable.” Retreived February 6, 2015 on http://florentmarcellesi.eu/2012/10/30/del-desarrollo-al-posdesarrollo-otra-cooperacion-es-posible-y-deseable/

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