Desde la paz perpetua a una unión cada vez más estrecha, la legitimidad de la Unión Europea siempre ha estado basada en su visión de futuro. Para la mayoría de la gente, especialmente en la Europa del Este, lo mejor de esa historia era el modelo social europeo: prosperidad, protección y libertad. Pero ¿qué ocurre si desaparece lo mejor?. Como parte de una serie de artículos del GEJ sobre la situación actual de Europa, Danijela Dolenec, científica social crítica asentada en Croacia, reflexiona sobre el descontento popular con un statu quo que solo ofrece desigualdad económica y poder escoger entre diferentes tendencias neoliberales. Pero a pesar de que la UE haya podido tomar una deriva equivocada, Danijela sostiene que no debemos abandonarla. Frente a la crisis climática, la tarea de la izquierda verde es desarrollar una transición que pueda superar las jerarquías de clase y salvar el planeta, porque los coches eléctricos y las soluciones basadas en el mercado serán insuficientes.

Para la ciudadanía del Este de Europa, la UE fue durante mucho tiempo el objetivo político fundamental y la imagen de sus esperanzas de futuro. Europa representaba la región más desarrollada del planeta: prosperidad junto a grandes niveles de libertades civiles y políticas. En otras palabras, la gente soñaba con el famoso “modelo social europeo”.

Pero dicha Europa nunca existió para ellos. El principio rector de la UE, “paz para Europa”, fue reformulado y sustituido por “prosperidad para todo el mundo a través del mercado único”. Con la Agenda de Lisboa para hacer de Europa “la economía más competitiva a nivel global”, las propuestas iniciales de modernización del modelo social europeo fueron convirtiéndose, con el paso del tiempo, en convenciones que debían ser abandonadas. Los efectos acumulados de dicho abandono fueron una brecha cada vez mayor entre el centro y la periferia europeas, el aumento de las desigualdades y una continua erosión del apoyo a la integración europea.

Este es nuestro problema en 2019: aunque hoy en día quedan muy pocos defensores de la UE, la necesitamos y debemos reformularla para construir algo nuevo.

En 2012, como apuntó el presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, una cosa estaba clara: el modelo social europeo estaba muerto. Tras casi dos décadas de transición al capitalismo, esto era muy evidente para la ciudadanía del este europeo, que ya en el momento de su adhesión mostraba niveles de apoyo a la UE históricamente bajos. Checos, eslovacos, polacos, croatas, húngaros y eslovenos tuvieron el índice de participación más bajo, siendo este inferior al 30%. La opinión generalizada sobre la UE pasó de la euforia al rechazo y, para empeorar las cosas, dicho cambio solo recibió la atención de los nuevos populismos de derechas.

Así pues, convencer a la gente del Este de Europa para salir de casa e ir a votar en las elecciones europeas es una misión titánica. Europa está muy lejos y las élites de Bruselas no escuchan a la gente. Este es nuestro problema en 2019: aunque hoy en día quedan muy pocos defensores de la UE, la necesitamos y debemos reformularla para construir algo nuevo.

La Unión Europea es clave para afrontar los principales retos sociales del siglo XXI: las crecientes desigualdades, el cambio climático y la migración. No se les puede hacer frente dentro del marco de las políticas nacionales. Inundaciones frecuentes, rápidas oscilaciones de la temperatura, sequías, incendios y tormentas de gran violencia son algunos de los inequívocos síntomas del cambio climático. En mayo de 2014 el oeste de los Balcanes sufrió inundaciones devastadoras que afectaron a más de 2,5 millones de personas y evidenciaron que, a menudo, quienes son menos responsables del cambio climático son los que más sufren sus efectos. De forma similar, durante mucho tiempo, las periferias de Europa han formado parte de las rutas migratorias provenientes del Norte de África y Oriente Medio, siendo así testigos del sufrimiento de la gente que ha afrontado grandes peligros por conseguir una vida mejor en Europa. Al mismo tiempo, muchas personas emigraron desde esas periferias a los países del oeste de Europa en busca de trabajo.

Frente a estos retos, a los votantes se les ofrece una falsa alternativa entre una “Europa abierta” y una “Europa cerrada”, sin que en ningún momento se pongan en cuestión las políticas liberales que nos han llevado a esta situación.

Cómo salir de este falso dilema entre una Europa neoliberal “abierta” y una Europa neoliberal “cerrada”.

La Europa “abierta”, según la proponen los partidos neoliberales, representa una continuación de las políticas de liberalismo económico, aunque su implementación haya comportado el aumento de las desigualdades tanto en el interior de los Estados miembros como entre ellos. A pesar de las incontestables evidencias de los desastrosos resultados de estas políticas, el mensaje de los partidos liberales es que las dosis fueron escasas y que se deberían redoblar esfuerzos en materia de desregulación y liberalización a fin de suprimir cualquier restricción a los mercados. En otras palabras, los liberales, de forma cínica, solo quieren promover políticas en interés de unas clases urbanas con altos niveles de formación e ingresos como si dichos intereses fueran los de la mayoría. Utilizan siempre la imagen de la Europa dinámica y sueñan con una Europa de beneficios selectivos para todos los de su club. La suya es una posición elitista que solo puede movilizar a minorías privilegiadas en la defensa de su posición y propiedades.

La extrema derecha, por su parte, incita a la xenofobia de forma descarnada como cura ineficaz para los males del neoliberalismo económico, ya que redirige las causas económicas de la desigualdad y la inseguridad hacia el campo de las diferencias identitarias y étnicas. Sugiere que si los bancos y las grandes corporaciones no estuvieran dirigidas por extranjeros y “traidores autóctonos”, sino por “honestos nacionalistas”, el conflicto entre el trabajo y el capital desaparecería por sí solo. Su idea de “la voluntad del pueblo” acoge dos ilusiones. La primera es que la pertenencia a una comunidad nacional imaginaria anula muchas diferencias, especialmente las de clase. La segunda es que restringiendo los derechos a unas minorías estigmatizadas se aumenta el bienestar de la mayoría.

¿Cómo salir de este falso dilema entre una Europa neoliberal “abierta”y una Europa neoliberal “cerrada”?. En primer lugar, la Unión Europea debe ser remodelada para que se desembarace del imperativo de promover únicamente actividades económicas y que sitúe como sus dos máximas prioridades la mejora de las condiciones de vida del conjunto de la ciudadanía y la salvaguarda del medio ambiente para que la vida se pueda desarrollar en la Tierra. Actualmente, la UE consume el 20% de la biocapacidad de la Tierra, aunque su población solo representa un 7%. Si toda la humanidad consumiera al ritmo al que lo hace la ciudadanía europea, serían necesarios 2.8 planetas. Por ello, Europa debe asumir la máxima responsabilidad para cambiar el curso de los acontecimientos y reducir globalmente la huella ecológica de la humanidad. En segundo lugar, a la hora de plantear propuestas, debe tener en cuenta las grandes diferencias en los niveles de desarrollo entre su “centro” y su “periferia”, al tiempo que toma en consideración los niveles de desigualdad dentro de los Estados miembros.

El futuro de Europa y del mundo necesita una mirada desde la izquierda verde que aúne acciones urgentes sobre cambio climático y una agenda de justicia social.

En otras palabras, no todo el mundo está en el mismo barco. Muchos debates sobre el cambio climático anuncian una visión pospolítica en la que la humanidad aparece como un solo ente, como si todo el mundo tuviera el mismo pasado y el mismo futuro. Esta visión oculta que no todo el mundo es igualmente responsable del cambio climático ni todo el mundo se ve afectado de la misma manera. Como subraya Andreas Malm, “mientras haya clases sociales, habrá botes salvavidas para los ricos y privilegiados y no existirá la sensación compartida de catástrofe.” Más importante aún, esa visión unificadora  lleva a la desmovilización porque si todo el mundo es responsable, no se puede responsabilizar a nadie, como Greta Thunberg les dijo la pasada primavera a las élites dirigentes en el Foro Económico Mundial de Davos. Estamos empantanados en esta situación porque las acciones que tendrían más opciones de mitigar la catástrofe, y que beneficiarían a la mayoría, amenazan a una minoría elitista.

En abril de 2019, la revista Science publicó una columna defendiendo un punto de vista parecido. Considera que las medidas que se están tomando para proteger el clima y la bioesfera son profundamente inadecuadas y hacía un llamamiento a un aumento en la reducción de emisiones y una distribución justa de los costes y beneficios de la lucha contra el cambio climático. Mientras tanto, las respuestas políticas de la UE al cambio climático continúan apuntando a la transición a las energías renovables, la eficiencia energética, el transporte de bajas emisiones, etc. pero no aborda los fundamentos neoliberales de las economías europeas, el imperativo del crecimiento o el conflicto de clases alimentado por las crecientes desigualdades. El  objetivo de la UE debe ir más allá de presentar la adaptación al cambio climático como una nueva oportunidad de obtener beneficios y reconocer que dicha adaptación es un proceso de transformación de gran calado que debe estar guiado por los principios de la justicia social. El futuro de Europa y del mundo necesita una mirada desde la izquierda verde que aúne acciones  urgentes sobre cambio climático y una agenda de justicia social que reconozca que no todo el mundo está en el mismo barco. Para poder contar con el apoyo de la opinión pública en la implementación de los ajustes tecnológicos necesarios, las políticas de la UE deben ir de la mano de una agenda redistributiva ambiciosa y una transición hacia sociedades del poscrecimiento. Para la izquierda verde, el futuro de la UE debe basarse en una sociedad entre iguales que supere las energías fósiles y el capitalismo.

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