La guerra cultural ha tomado el relevo de la lucha de clases y los líderes reaccionarios han aprovechado la ocasión para echar más leña al fuego, azuzando la ansiedad en torno a la masculinidad, la raza y la identidad para conseguir poder. El hombre blanco percibe a los grupos marginalizados como una amenaza para la civilización y la sociedad, lo que le atrapa en un bucle de «resentimiento redistributivo» que se empeña fútilmente en preservar unos privilegios cada vez más difusos. Los progresistas deben aceptar que las emociones ejercen un poder considerable en materia política y ofrecer contranarrativas inclusivas basadas en valores humanos comunes.

En 2024, cuando la guerra se propagaba por Europa y el genocidio escalaba en Gaza, la política extranjera no parecía ser una gran preocupación a ojos de la derecha radical internacional. Tampoco es que los líderes de extrema derecha estuvieran dando la tabarra continuamente con la inflación o el estancamiento de los salarios. Aunque instrumentalizaban estas temáticas ocasionalmente para manipular y hacer de las minorías, «las élites» o la gente woke su chivo expiatorio, por lo general estos líderes se mantuvieron al margen. Incluso la inmigración, el más clásico receptáculo del alarmismo de la derecha, ha perdido la relevancia que tuvo durante la «crisis» de inmigración de 2015. En su lugar, la ultraderecha ha emprendido una cruzada cultural para proteger el modelo de «familia tradicional», con un hombre (blanco) a la cabeza y un puñado de churumbeles que aseguren la supervivencia de la civilización.

A lo largo de la campaña presidencial de EE. UU. en 2024, el descenso de la natalidad (blanca) fue el eje central de la retórica de J. D. Vance, el candidato republicano a la vicepresidencia. Su superior, Donald Trump, llevó a cabo una campaña contra los procedimientos de transición de género, culminando con el eslogan: «Kamala es para elles, el presidente Trump es para ti». Mientras tanto, Elon Musk (el hombre que mueve los hilos entre bambalinas), arremetía contra el «virus de la mentalidad woke» que está corrompiendo la sociedad.

La tónica fue parecida entre sus aliados europeos, que se reunieron en la Conferencia Política «cazaprogres» de Acción Conservadora (CPAC, por sus siglas en inglés) en Hungría el abril del año pasado. En la conferencia, copatrocinada por conservadores estadounidenses, el líder de la extrema derecha española Santiago Abascal se cebó con la «ideología totalitaria de género», mientras que el primer ministro húngaro Viktor Orbán declaró que «el movimiento woke y la ideología de género han ocupado el lugar que antes ocupaban el comunismo y el marxismo».

Según la ultraderecha global, no deberíamos preocuparnos por la crisis climática, ni por la constante amenaza de guerra, ni por el hecho de que los billonarios se estén convirtiendo en trillonarios. Lo que realmente está poniendo en peligro a la civilización es el desplome de la procreación blanca y el uso de pronombres inclusivos.

Aunque es fácil desmontar e incluso ridiculizar muchas de estas afirmaciones absurdas lo cierto es que los hechos se tornan irrelevantes ante la repercusión emocional que están teniendo, y es que a los sentimientos de los hombres blancos ya no les importa «nuestra realidad». El éxito de la ultraderecha demuestra que muchos hombres blancos están tan comprometidos con las jerarquías tradicionales –primero los ricos, después los hombres en general y, por último, los no blancos– que creerían y harían cualquier cosa para protegerlas.

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¿Una brecha de género?

La extrema derecha prospera por todo el mundo gracias al apoyo de los hombres. Pero no sólo atrae a votantes masculinos. Las líderes femeninas como Giorgia Meloni en Italia, Marine Le Pen en Francia y Alice Weidel en Alemania acercan los valores patriarcales a las mujeres, a la vez que plantean los roles tradicionales como una pieza clave para preservar la identidad y el orden. El discurso que hizo famosa a Meloni entre la ultraderecha —«Soy Georgia. Soy una mujer. Soy una madre. Soy italiana. Soy cristiana»— encapsulaba muy bien esta retórica, presentando el género y la familia como escudos frente a un supuesto asalto a la identidad por parte de «grandes especuladores financieros». Hasta Weidel, que es lesbiana y madre, defiende ahora la familia tradicional «formada por una madre y un padre». Ahora, tras siete años de mandato de Marine Le Pen al frente de la Agrupación Nacional, hay tantas mujeres como hombres que votan a la extrema derecha en Francia. No obstante, la brecha de ideología de género sigue siendo evidente. En Alemania, por ejemplo, los hombres jóvenes son quienes están propulsando el auge de la AfD.

Corea del Sur ofrece quizás el ejemplo más descarnado de esta división, donde mujeres y hombres jóvenes presentan posturas diametralmente opuestas. Yoon-Suk Yeol, el expresidente que trató de dar un golpe de Estado el pasado diciembre, fue elegido en 2022 a través de una plataforma de corte radical y explícitamente antifeminista. Sin embargo, Corea del Sur tiene la mayor brecha salarial del mundo desarrollado y los hombres condenados por crímenes sexuales en el país no suelen recibir más castigo que una multa. Y, aun así, la mayoría de los hombres jóvenes de Corea del Sur considera que ellos son las víctimas de discriminación.

En los últimos años, se ha popularizado el concepto de resentimiento (ressentiment en francés) para explicar la tóxica combinación de rencores que subyace bajo gran parte de la política de ultraderecha de hoy en día. Esta narrativa postula que los votantes de extrema derecha se han visto desfavorecidos en la sociedad actual, lo cual les ha vuelto vengativos y radicales. Esta teoría concede a las emociones un papel fundamental a la hora de explicar la atracción hacia el fascismo contemporáneo. No obstante, esto no explica la fuente de tanto rencor y cómo esta afecta a los votantes.

Para comprender por qué estos hombres se irritan tanto ante los pronombres woke o el bajo índice de natalidad, deberíamos recurrir a la sabiduría de quienes quizás sean los más insólitos expertos en identidad blanca y fragilidad masculina: las mujeres queer de color.

Muchos hombres blancos se aferran a sus privilegios raciales y de género a medida que la guerra cultural desplaza a la lucha de clases, alineándose con fuerzas reaccionarias que prometen restituir su decrépita dominancia.

Patriarcado de doble filo

A lo largo de su extensa obra, la autora y académica feminista bell hooks aporta una crítica de lo que ella denomina el «patriarcado capitalista supremacista blanco e imperialista», un sistema que coloca la riqueza, la masculinidad y la blanquitud en la cima de la jerarquía de opresión. En su libro El deseo de cambiar: hombres, masculinidad y amor (2004), hooks defiende que esta estructura no sólo oprime a las mujeres y grupos marginalizados, sino que también hiere profundamente a esos mismos hombres a los que pretende privilegiar.

Según hooks, la manera en la que el patriarcado socializa a los hombres hace que supriman su vulnerabilidad y expresión emocional, equiparando masculinidad con control, dominancia y rabia. Esta «traumatización natural de los chicos» destruye su capacidad emocional, una pérdida que es profundamente dolorosa pero que nadie parece advertir —como cuando se les dice que dejen de llorar y «se comporten como hombres», o cuando un adolescente es ridiculizado por exhibir cualquier cualidad percibida como afeminada. En lugar de confrontar este dolor, a los hombres se les enseña a sepultarlo bajo rabia y violencia —las únicas emociones que el patriarcado considera válidas— y canalizar su sufrimiento hacia la dominación de otros.

Esta dinámica de adoctrinamiento patriarcal no se ciñe a la represión emocional, también genera una cultura donde los hombres externalizan sus inseguridades para no tener que confrontar sus propias vulnerabilidades. hooks argumenta que la masculinidad patriarcal se nutre de la proyección del miedo y la vergüenza hacia el exterior. La mayoría de los hombres han sido calificados de «gays», o «débiles» en algún momento por no ajustarse a la rígida norma masculina. hooks sugiere que este tipo de descalificativos dicen mucho más de quien insulta que de quien recibe el insulto: se trata de un intento desesperado de desviar su propia ansiedad masculina mediante el hostigamiento de aquellos que revelan su fragilidad.

El desgaste emocional de este sistema se hace ostensible en la salud y el bienestar de los hombres. Los hombres en Europa son entre tres y cuatro veces más susceptibles que las mujeres a padecer «muertes por desesperación» —suicidio, sobredosis de drogas y alcoholismo. Los hombres también son mucho más proclives a pasar tiempo entre rejas, en Europa constituyen alrededor del 95 % de la población penitenciaria. Estas estadísticas tan lúgubres son el resultado de un sistema que enseña a los hombres a lidiar con sus problemas a través de la autodestrucción, la agresividad y la dominación.

Los hombres no sólo están sujetos a este sistema, sino que se aferran a él. Aunque les perjudica gravemente, también les concede privilegios sobre las mujeres, otros hombres y grupos marginalizados a los que a muchos les resulta muy difícil renunciar. hooks afirma que los hombres temen perder el último remanente de poder e identidad que se les ha permitido cultivar, si bien tienen que pagar un precio altísimo para conservarlo. Esto les atrapa en un sistema que los privilegia a la vez que garantiza la continuidad de su sufrimiento. Y en lugar de abordar este dolor o la resistencia al cambio, el patriarcado les enseña a ensañarse con los demás, fortaleciendo las mismas estructuras que los constriñen.

De acuerdo con hooks, el patriarcado opera dentro del gran sistema del capitalismo supremacista blanco imperialista. Este sistema procura que la masculinidad y la blanquitud, aun cuando van acompañadas de penurias económicas, proporcionen un sentido de superioridad que anule la solidaridad de clase. A medida que la guerra cultural desplaza a la lucha de clases, los hombres blancos se aferran a sus privilegios raciales y de género, alineándose con fuerzas reaccionarias que prometen restituir su decrépita dominancia. Así fortalecen el mismo sistema que les oprime, sacrificando la oportunidad de liberación colectiva a cambio del poder de oprimir a los demás.

Para la política moderna de ultraderecha, todo desafío a las jerarquías tradicionales —ya sea en forma de feminismo, multiculturalismo, justicia racial o derechos LGBTQIA+— se plantea como una amenaza existencial, y los grupos marginalizados se reinterpretan como intrusos que desestabilizan el orden social. Lo que yace en el corazón del resentimiento blanco masculino es el miedo de ver su poder reducido: la erosión de un privilegio que antaño se sentía natural, incuestionable e irrebatible.

Lo que yace en el corazón del resentimiento blanco masculino es el miedo de ver su poder reducido: la erosión de un privilegio que antaño se sentía natural, incuestionable e irrebatible.

Los cambios sociales espolean este miedo. Por ejemplo, en el campo de la educación, las mujeres están superando a los hombres: en 2023 el 49 % de las mujeres entre 25 y 34 años en la UE poseían titulaciones universitarias en comparación con el 38 % de los hombres. Y el número de mujeres que ocupan cargos directivos ha aumentado drásticamente en las últimas décadas. Estos cambios, junto con la precariedad económica, han socavado los pilares tradicionales de la dominancia masculina, alimentando los sentimientos de inseguridad entre los hombres.

En lugar de confrontar las desigualdades que emanan de sus inseguridades, muchos hombres se amparan en diferentes formas de «resentimiento redistributivo», que culpa a los grupos marginalizados de las dificultades económicas. Ejemplo de ello son los inmigrantes, a quienes se les culpa del alto coste de la sanidad o la escasez de viviendas asequibles. Las dificultades materiales que cimentan este resentimiento son, a menudo, de carácter más percibido que real. Los estudios revelan que, en Corea del Sur, donde las llamadas políticas del resentimiento casi desembocan en un golpe de Estado, gran parte de la ideología victimista masculina proviene más bien de una percepción de pérdida de estatus (en comparación con otros grupos) que de una crisis económica real.

Las llamadas «élites» también son uno de los objetivos de sus ataques, se les acusa de tomar partido por los grupos marginalizados —mayormente inmigrantes, pero también la comunidad LGBTQIA+— para debilitar el modelo de familia tradicional (patriarcal) y el nacionalismo (blanco). Este resentimiento en torno al reconocimiento no es tanto una petición de visibilidad y reconocimiento como un deseo de reafirmar una superioridad que una vez fue incuestionable.

La activación estratégica de estas formas de resentimiento no sólo fortalece las jerarquías existentes, sino que recrudece las divisiones sociales, desvirtuando preocupaciones legítimas y desviándolas de cuestiones sistémicas para dirigirlas hacia grupos vulnerables. Cuando estás ocupado machacando a quienes están debajo, no tienes tiempo para mirar hacia arriba.

Afecto: las emociones son políticas

La obra de hooks pone de relieve cómo lo personal es profundamente político: las estructuras sociales de poder (patriarcado) se internalizan y reproducen a nivel personal (misoginia). Por otro lado, la escritora muestra cómo lo político es, a su vez, profundamente personal: los apegos individuales (masculinidad) se reproducen y protegen mediante la esfera política (fascismo).

Esta relación dialéctica es fundamental a la hora de comprender por qué la extrema derecha maneja tal carga emocional hoy en día. Sara Ahmed, otra prominente escritora feminista queer y de color, investiga este asunto en su libro La política cultural de las emociones (2004). Ahmed reflexiona sobre cómo los sentimientos son mucho más que vivencias privadas, ya que pueden ser, y a menudo son, fuerzas sumamente políticas. Emociones tales como el miedo, el asco y la rabia se construyen y circulan en la sociedad asociándose a objetos, símbolos y cuerpos. ¿Cómo acaso se convierten una bandera, un pronombre o una mezquita en semejantes artefactos explosivos que destilan indignación y resistencia? Estos objetos no son inherentemente poderosos, sino que son las emociones que se les adjudican mediante asociaciones recurrentes lo que les otorga su significado.

Lo mismo podría decirse de la figura del «otro», normalmente racializada y concebida como una amenaza para el orden social. Esta figura (la persona inmigrante, refugiada, musulmana) instiga miedo debido a la acumulación de connotaciones negativas –sospecha, ansiedad– que se le han atribuido a lo largo del tiempo en representaciones en los medios, en la retórica política y en el discurso social. Esta asociación emocional negativa refuerza las jerarquías excluyentes, moldeando la política y la interacción cotidiana de modo que sostenga la opresión sistémica.

Cuando estás ocupado machacando a quienes están debajo, no tienes tiempo para mirar hacia arriba.

Esta dinámica también se puede observar en la política racial y de género, donde los conceptos de «ideología de género» y «mentalidad woke» actúan como fantasmas —imágenes espectrales sobre las que proyectar el miedo y la repulsión. Una vez pasa por este mecanismo, «la mentalidad woke» ya no se entienda como una toma de conciencia sobre el racismo y la discriminación, sino como una amenaza al orden existente (patriarcal y racista). Estas proyecciones no provienen de realidades materiales sino de la ansiedad emocional de los hombres blancos, y se explotan para estimular el terror y la ira. Al mezclar temas como los derechos de las personas trans y las amenazas existenciales a la civilización, estos símbolos avivan las políticas reaccionarias y justifican medidas autoritarias bajo el pretexto de estar preservando la tradición.

Una de las primeras cosas que Elon Musk hizo cuando compró Twitter en 2022 fue restringir el uso del término «cishetero». Este vocablo alude a la heterosexualidad cisgénero como una categoría específica, alterando su estatus como norma incuestionable y por defecto. Al tratar de suprimirlo, a la vez que permite que insultos nazis campen a sus anchas por la plataforma, Musk pone de manifiesto el poder de estas asociaciones emocionales.

Las redes sociales juegan un papel crucial a la hora de amplificar y explotar estas asociaciones. Plataformas como Twitter (ahora X) están diseñadas para maximizar la participación y se nutren gracias al ragebait (o incitación a la ira) —contenido creado para provocar la indignación y reacciones emocionales intensas. Esta dinámica eleva a los sentimientos por encima de los hechos, favoreciendo un entorno donde las «vibras» eclipsan a la realidad. Ahora X es el lugar donde la ansiedad masculina blanca se confirma, amplifica e instrumentaliza, independientemente de si las narrativas subyacentes son verdad o no.

En enero, cuando el cambio climático y la falta de infraestructuras provocaba incendios devastadores en Los Ángeles, Musk y otras figuras de derechas responsabilizaban a las políticas de diversidad, equidad e inclusión (DEI). Esta esperpéntica e injusta atribución de culpa se sirvió de los incendios (como arma) para avivar el resentimiento contra grupos marginalizados y así desviar la atención de problemas sistémicos. De manera similar, la ultraderecha alemana no perdió la ocasión de instrumentalizar el ataque que acabó con la vida de cinco personas en un mercadillo de navidad en Magdeburgo el pasado diciembre, culpando a las políticas de asilo y exigiendo una «remigración» masiva. Los hechos quedan, de nuevo, relegados a un segundo plano frente a las narrativas que expanden el miedo y la división, asegurándose de que la resonancia emocional —y no la verdad— sea la que controle el discurso político. La circulación de semejantes mentiras no sólo distorsiona la realidad, sino que también refuerza la ansiedad de los hombres blancos al presentar la inclusividad como el verdadero peligro.

The radical right thrives on this dynamic, turning emotional attachments to privilege into a politics that bypasses reason entirely.

La derecha radical se nutre de esta dinámica, transformando esta vinculación emocional al privilegio en una política que elude completamente la razón.

Autoayuda o lucha colectiva

La guerra cultural, y no la lucha de clases, es el elemento definitorio de la política actual. Esta es la razón por la que hordas de hombres apoyan al hombre más rico del planeta cuando este les dice que el «virus de la mentalidad woke», y no la creciente desigualdad, es lo que está haciéndoles perder su lugar en la sociedad. Los vínculos emocionales con el patriarcado y la supremacía blanca están tan arraigados que ensombrecen la realidad de la explotación capitalista. Los hombres se levantan y toman las armas para proteger sus privilegios, pero no consiguen comprender lo que están perdiendo al aferrarse a estos sistemas opresores, tanto material como emocionalmente.

Sin embargo, hay que admitir que hay algo que la ultraderecha ha sabido hacer bien: validar los sentimientos de estos hombres. Sus líderes dicen entender las frustraciones de quienes se sienten alienados, presentándose como los salvadores de su causa. En contraste, gran parte de la izquierda progresista ha denunciado la opresión perpetrada por los hombres blancos sin lograr empatizar con su sensación de víctimas. Esto se lo ha puesto fácil a la extrema derecha, que ha dirigido su rabia hacia diversos chivos expiatorios —inmigrantes, comunidad LGBTQ+, mujeres— en lugar de dirigirla al sistema que, en último término, oprime a estos hombres. Es una simple lección aprendida de la extensa investigación narrativa: no olvides mencionar a los hombres blancos o se sentirán excluidos.

En lo que respecta a las mujeres, quizás su adherencia a la política reaccionaria no se trate tanto de una capitulación como de una estrategia para asegurar su lugar en el sistema jerárquico, basado en la identidad racial y de género. Esto concuerda con la dinámica general de una sociedad capitalista cada vez más precaria donde se prioriza la competición individual por encima del cuidado colectivo. En lugar de contemplar un futuro de abundancia compartida y lucha solidaria, la precariedad moderna enseña a la gente a acumular y defender lo suyo. Esto se puede observar claramente en la popularidad de los gurús de autoayuda en los círculos de extrema derecha donde el empoderamiento personal, el concepto del «vividor»  reemplaza a la lucha colectiva como vía para satisfacer esperanzas y sueños.

Pero hace falta algo más que lógica para dispersar estas ansiedades y asociaciones emocionales.

Lógica y compasión

Si queremos luchar contra la tentación fascista, primero hay que desvelar la manipulación que yace en el corazón de estas narrativas. La extrema derecha se aprovecha del resentimiento para motivar a la gente a «machacar» a quienes tienen menos poder en lugar de luchar contra las auténticas causas de la desigualdad. También hace falta deconstruir la falsa noción de «juego de suma cero»  entre identidades colectivas.

Pero hace falta algo más que lógica para dispersar estas ansiedades y asociaciones emocionales. Los progresistas también deben forjar alternativas deseables y convincentes que los hombres blancos puedan compartir con el resto de la población. El deseo de vivir en paz y armonía en oposición a la idea de dejarse la piel por sobrevivir, la alegría de la solidaridad frente al peso de la soledad, y la necesidad humana universal de sentirse escuchado, querido y conectado. Estas aspiraciones están en peligro desde que reinan el capitalismo tardío y el autoritarismo contemporáneo, pero siguen siendo vitales para cualquier contranarrativa.

La ultraderecha ha creado fantasmas para pintar el más mínimo avance hacia la igualdad racial y de género como amenazas a la civilización. Los progresistas deben contrarrestar esta situación trayendo las realidades materiales como la clase o el clima a primera línea de la política. Sin embargo, no se puede ignorar el papel de la raza y el género en todo esto. Necesitamos un enfoque integral, que aborde la naturaleza interseccional de la opresión.  Una visión que una a las personas a pesar de sus diferencias al mismo tiempo que reconozca las particularidades de sus luchas.Final del formulario

Y aún más importante, debemos reconocer que la política es personal y emocional. Los análisis racionales de la lucha de clases, aunque correctos, no consiguen abarcar los miedos y deseos viscerales que rigen el comportamiento político. Para muchos, la extrema derecha ofrece un refugio emocional, no sólo para su resentimiento, sino para sus identidades. Los hombres que protegen y sufren el patriarcado necesitan algo más que argumentos; necesitan confrontar la culpa, la vergüenza y la rabia originada por la masculinidad patriarcal y la defensa de esta.

Tal y como Ahmed comenta, «la política debería dejar espacio para la terapia». La lucha política no es solamente ideológica, también es profundamente emocional, y precisa que abordemos los bloqueos personales y sistémicos que obstaculizan el progreso. Esto implica desafiar las asociaciones emocionales que sostienen los sistemas de opresión a la vez que ofrecemos alternativas que fortalezcan el sentido de pertenencia e identidad.

En los últimos capítulos de La voluntad de cambiar, hooks hace un llamamiento a la compasión hacia los hombres, no para justificar el daño que ocasionan, sino como una herramienta de transformación. A fin de contrarrestar la ola reaccionaria, no hemos de doblegarnos a la violencia de los hombres blancos, pero tampoco dejar de verlos como seres humanos o incluso como víctimas. La labor emocional puede ser extenuante, pero es una poderosa herramienta para el cambio.